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Cada uno trae su propio alebrije en la cabeza

Felipe Linares, padre y Felipe Linares, hijo

Felipe Linares, padre y Felipe Linares, hijo

  • Felipe Linares ha crecido entre judas, pero le teme al diablo
  • Hereda de su padre el oficio de la cartonería y lo lega a sus hijos y nietos

Dunia Rodríguez

La sonrisa le viene fácil, lo mismo cuando evoca su infancia que al hablar de sus pesadillas o de cuando su papá le enseñaba el silabario o su mamá lo levantaba en la madrugada para hacer fila en el carbón y en el molino de la masa, o cuando almacenaban los diablos en el tapanco de la pieza grande y cuando había que bajarlos para pintarlos, o cuando un día había para comer y otro había que aguantarse.

Sonríe. La mueca de la vida lo delata orgulloso cuando confiesa que llegó al Pompidou, en París, “donde llegan los grandes.”

Recargado en el respaldo de su silla de trabajo, recuerda el barrio de San Nicolás, ubicado en la que hoy se llama colonia Merced Balbuena, en el primer cuadro de la ciudad de México. De su memoria surge ese escenario de casitas de adobe y techos de lámina, donde había un llano con árboles y hierba en el que jugaba con sus amigos a los encantados y al trompo, luego de cumplir con la tarea de “forrar cabezas”.

Felipe nació en el número diez de la Rinconada Zoquipa, en junio de 1936 y permanece en el mismo barrio desde entonces. Ahí conoció a su esposa con la que vive desde hace 46 años y tiene tres hijos y una hija. Su casa sigue siendo habitación y taller, y es el sitio donde aprendió de su padre el oficio de la cartonería; donde sus hijos y nietos continúan la tarea de forrar cabezas, de armar brazos y piernas, de pintar y “encuetar” las figuras de cartón. En donde todos, como en el principio de los tiempos, conviven con muñecas de ojos grandes y trajecitos de cirquera pintados en colores chillantes y bordes rematados con diamantina, o con la calavera de casi dos metros de una Frida vestida de tehuana y un Hernán Cortés, chaparrito y pálido, de armadura plateada; conviven con los infaltables charros bigotones y los judas de todos los tamaños que mueren calcinados el día de gloria de la Semana Santa, y desde hace varias décadas conviven también con los alebrijes.

El barrio ha cambiado, dice. Lo subraya con sus ojos castaños, al tiempo de evocarlo mirando más allá de la ventana. Su casa está a espaldas del mercado de Sonora, el mercado de los brujos y donde venden animales, que se fundó hasta 1957, cuando Felipe ya tomaba las riendas del negocio y los alebrijes andaban en su primer década de existencia; por el frente de su casa pasaba una vía, “ya luego que la quitaron le pusieron a esta calle Oriente 30, pero todo mundo siempre la hemos conocido como San Nicolás.

“La vida antes era diferente”, pero Felipe se mantiene fiel al oficio que ha dado fama y sustento a la familia Linares.

Hijo de Pedro Linares, aquel hombre que un día creyeron muerto y que al despertar comenzó a moldear sus pesadillas, y les dio la forma y el color dictados por el delirio, y los perpetuó con el nombre de “alebrijes”. Esas figuras que no son ángeles, ni demonios, ni los muertos que acuden para anunciar la fatalidad, la ventura o la resurrección; esas figuras con forma de pescado y patas de gallo; el nagual predestinado, el animal que el individuo tiene por compañero inseparable, el hechicero que se transfigura por encantamiento, quizá, “porque me decía mi papá que el nagual puede tomar varias formas. Aunque yo creo que cada uno trae su propio alebrije en la cabeza y nace en la imaginación de cada uno. Es una figura que uno mismo está creando en la imaginación, ya sea monstruosa o no monstruosa.”

Unos alebrijes están secándose, otros están colgados del techo, varios más aguardan en el piso del taller los colores que les darán vida, y decenas de piernas y decenas brazos todavía sin tronco que los sujete, descansan en un estante acariciados por el polvo de quién sabe cuántos días. Mientras, Felipe Linares le coge las faldas a la calavera de una Frida que posará en una tienda allá en Tijuana, para pintarle florecitas blancas a la enagua que al centro tiene ya, sobre un fondo de color terciopelo negro, grandes flores rojas y hojas verdes.

En la mesa de trabajo, de casi dos metros cuadrados, que se alza unos cincuenta centímetros sobre el piso, están los pinceles, los galones de pintura Comex, vasillos para rebajar los colores y la paleta para combinarlos; hay algunos trapos y algunas figuras pequeñas, pero son Felipe y Frida los personajes que sobresalen en medio del cuarto, y hacen de esa esquina de la mesa, el espacio principal de la luz que entra por las tres ventanas y un cielo acrílico que la filtra por la mitad del cuarto e ilumina el cubo de la escalera de caracol que conduce, desde el vestíbulo de la casa, al segundo piso donde está taller.

Con todo y que nació y vive en un lugar donde se fabrican diablos o judas de todos tamaños, y que es el sitio donde su padre dio vida a los alebrijes, la peor pesadilla de Felipe Linares ha sido el diablo, aquél que vestido de catrín y con patas de gallo, una noche dejó a su tía privada de miedo, como hipnotizada, en reprimenda por haberle contestado a su madre. “Me daba miedo que se me apareciera el diablo y pensaba: cómo el diablo cargó a mi tía y la dejó tirada; luego como estaba muy feo aquí, muy oscuro, no se alcanzaba a ver nada, entonces los árboles se movían con el aire y pues me daba miedo; sentía como que se me enchinaba el cuerpo, más en las noches, como no teníamos luz, prendíamos unas velas y ya ve cómo se ven las sombras con la luz de la vela, pues más me daba miedo. Pero era la sombra del que pasaba. Se me grabó mucho eso, el catrín que vio mi tía, se me revelaba en las pesadillas. Ahora ya se me quitó ese espanto.”

En cambio, la cercanía con las pilas de diabólicos judas que moldeaban y él mismo decoraba para la Semana Santa, le provocan un recuerdo más familiar.

“Eso de ver el diablo era una cosa natural para nosotros. Teníamos una pieza grande y alta. Antes las casas eran muy altas. Teníamos un tapanco y ahí los metíamos, todos los judas acomodados, chicos y grandes. Eran más de 500. Nosotros dormíamos abajo y ellos arriba.”

¿Qué se siente vivir con el diablo?

Pues nada. Digamos que ya es como parte de la familia. Mi mamá me decía: ándale acomoda los judas, así y así. Los veía yo del diario, ya era una cosa natural, como parte de la familia.”

Felipe tenía entonces siete años. A esa edad forraba cabezas y armaba judas. A esa edad su fuerte era, a más de acomodar judas en el tapanco y decorarlos con palmitas o con ruedas, jugar al trompo. Era bueno, sobre todo en la suerte de sacar con la punta del trompo, las monedas que ponían en medio de un círculo que trazaban en la tierra.

“Yo me acuerdo que jugaba a los encantados, a la roña, a las escondidillas; las niñas brincaban la reata, jugaban a las vueltas de San Miguel. Andar corriendo, con los encantados eso me gustaba mucho; jugaba yo que la matatena, que el yo-yo, que las canicas, que el trompo. Mis amigos eran vecinos, éramos como unos 30. En esta calle había muchas casas, que les decíamos jacalitos, era pura gente muy humilde, todos éramos muy humildes, unos andábamos descalzos porque había mucha pobreza, andábamos con los pantalones hasta parchados y remedadas las camisas. Por aquí todo este barrio era muy pobre, no sabíamos lo que era vivir bien o vivir mal, para nosotros era el juego y el trabajo; si comíamos un día, bien, y si no, pues nos aguantábamos.”

A los siete años, Felipe Linares comienza a trabajar en la cartonería. A esa edad se incubaba en él la habilidad para la pintura. A los once años ya atendía pedidos. Aun cuando le gustaba la primaria, a la que ingresó también a los once años, optó por trabajar en el taller con su padre y sus hermanos, pues encontró en el oficio el medio para vivir mejor. “Como ya tenía yo pedidos de trabajo, pues decía, mejor me dedico a trabajar y por lo menos ya tenía yo para comer y vestir.”

Cursó hasta quinto año de primaria, y a pesar de ser un alumno aplicado que pasó a sexto grado, tuvo que hacer frente en la entrega de unas piezas grandes para un desfile en la Alameda, mientras su padre se iba a cumplir con la fabricación de unos judas para el carnaval en Acapulco.

La casa del barrio de San Nicolás es en la vida de Felipe Linares, la habitación, el taller y la escuela. Ahí aprendió las letras con su padre, quien luego de que los hijos terminaban la tarea de forrar cabezas de judas o armar o decorar, les decía: “ora yo les voy a enseñar el silabario.” La forma que aplicaba su padre para enseñarles, provoca en Felipe una carcajada que le asoma los dientes, dentadura blanca que se advierte completa y contrasta con su cabello oscuro, oscuro a los 72 años; solo entonces, me doy cuenta que su piel morena es firme, que acaso las surcos más pronunciados, son los que le ha venido cavando la sonrisa.

“Él sabía poco, nomás creo fue un año a la escuela, pero sí sabía leer y nos enseñaba las vocales. Me acuerdo que nos enseñaba que la a, la e, la i, la o, la u, pero le hacía muy chistoso, cuando nos enseñaba a juntar las letras decía: ‘ese a: sa, ese e: se, ese i: si, te i: ti, te, o: to. Así nos enseñaba mi papá. Si yo entré a la escuela fue por mi padrino que se llamaba Agustín Mejía, que le decía: ya habías de mandar a tus hijos a la escuela, porque ya están grandes. Y mi papá nomás le decía que sí. Como el tampoco fue a la escuela, pues no le interesaba que nosotros fuéramos. Entonces mi padrino me llevó a una escuela que estaba aquí, no sé si haya sido escuela, porque nos enseñaban más el catecismo que las letras. Quise mucho esa escuela, aunque estaba cerca de La Candelaria que era un barrio muy peligroso, iban ahí hijos de los delincuentes, se llama Nicolás García de San Vicente, pero le decían Las Palomas.”

Una oportunidad más le llega no muchos años después cuando lo conoce el maestro José Antonio Gómez Rosas, el personaje de la Academia de San Carlos, que pintaba los telones para los bailes anuales de fin de cursos, fiestas alegóricas y memorables en la historia de la Academia. Gómez Rosas, conocido como el “Hotentote”, acudía a los Linares para pedirles figuras; además de una relación de trabajo, seguramente entre ellos, las líneas que los unían, eran las figuras amorfas y los colores rutilantes.

Felipe Linares recuerda al maestro Gómez Rosas como un buen dibujante, que al verlo trabajar notó su “madera de artista” y lo invitó a la Academia a tomar clases de dibujo y modelado, ofrecimiento que rechazó porque “cuando iba a la Academia de San Carlos yo veía a la gente bien vestida, y le dije al maestro, oiga no tengo ropa como para presentarme ahí y me decía, no te fijes en eso, cuando yo entré a la Academia me decían la jaula porque traía los pantalones parchados. Decía, no, no. Ya me dio por seguir a mi papá cuando empezó a hacer los alebrijes.”

Sí, pisó y pasó por la Academia de San Carlos y de ahí rememora los trabajos más importantes. De la herencia colorida dejada por su padre, acrecienta su memoria y cultiva desde la infancia la habilidad de dibujar, delinear, lo mismo la filigrana en las botonaduras de pantalones de los charros, que las alegorías en las caras de los judas y las calaveras, que las venas laberínticas de las alas, las colas y los lomos de un alebrije.

Felipe dibuja, colorea, imagina; sobre todo eso. En cada trazo inventa, aunque cada año desde hace 65, tome el pincel, arme diablos, pinte flores o huesos, ninguna línea es igual que la otra aunque parezcan la misma; porque en cada línea, en cada figura, se renueva.

Gracias a la herencia que recibió de su padre en el mismo sitio donde hoy sus nietos también la aprenden, en esa casa que antes fue de adobe y estuvo rodeada de jacalitos humildes y el llano donde jugaba a las escondidillas, Felipe ha cosechado las más grandes satisfacciones de su vida, como darle a doña Adela Mendoza, su madre, los primeros pesos ganados con su trabajo para comer mejor; como haber salido del país a dar un taller en San Antonio, Texas; como viajar a Escocia e Inglaterra con sus hijos y sus alebrijes; como “cuando cumplió 100 años la torre Eiffel, me invitaron a ir a Francia a poner una colección de alebrijes. Yo digo que esa es mi más grande satisfacción, porque llegué al lugar donde llegan los grandes, el Pompidou.”

El legado pervive hoy en una construcción de dos pisos y en el barrio que han sitiado el ruido de los coches y las avenidas convulsionadas.

Artesano y no artista, Felipe se dice buen devoto del Señor de Chalma, al que agradece haber nacido en el barrio de San Nicolás, haber aprendido el oficio de su padre, el estar bien casado con Dolores Vargas, tenerla como esposa “porque nos hemos comprendido, siempre hemos estado juntos”, tener con ella a sus hijos “que no tienen vicios y que les gusta mi trabajo”. Aunque ya no va cada año ver al santo, le vive agradecido por darle “este trabajo para sobrevivir”.

Felipe Linares, a sus 72 años, sigue rodeado de figuras de cartón y de botes de pintura. Desde niño ha tenido el pincel en la mano, la madera de artista y, casi seguro, la sonrisa en los labios.

Un rincón del taller de los Linares

Un rincón del taller de los Linares


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