Andrés Manuel López Obrador inicia la Resistencia Civil Pacífica

Zócalo 

                     Andrés Manuel López Obrador

Luego de un proceso electoral accidentado y plagado de irregularidades rumbo a la presidencia de la república, el candidato de izquierda de la coalición Por el Bien de Todos (PRD, PT, Convergencia), Andrés Manuel López Obrador inicia acciones de resistencia civil pacífica ante la cerrazón de los cauces institucionales y democráticos en México.

Roberto Martínez Hernández

La Tercera Asamblea Informativa convocada por el candidato a la Presidencia de la República de la coalición Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, en el Zócalo de la Ciudad de México resultó ser una de las máximas expresiones contemporáneas de la movilización ciudadana por la defensa del voto.

En una llegada masiva desde distintos puntos de la ciudad capital y del país, la megamarcha del pasado domingo 30 de julio, concentró a un poco más de un millón y medio de asistentes.

Desde las primeras horas de mañana, en muchas de las esquinas y arterias que siguió el recorrido desde Reforma-Chapultepec, la avenida Juárez, la calle de Madero, a la plaza de la Constitución, al sabor de los tamales y atoles calientitos, con banderines amarillos, gorras para el sol, pequeñas sillas replegables, la gente no dejó de sumar su voz individual, a golpe de palabras, en cada cartulina daba cuenta de lo que con certeza quedará de nueva cuenta escrito en nuestra historia de agravios.

“Señor presidente Fox, esto no es democracia”. “Felipillo: no te saldrás con la tuya”. “Nos sales caro Ugalde. El IFE no te merece. ¡Renuncia!”. “Andrés Manuel no te rajes”. “Señores magistrados sean derechos con México. No al fraude electoral.” “No estás solo Manuel. Tengo 65 años. Soy jubilada, cuenta conmigo”.

Y es que desde el arranque de estas elecciones, como señaló un viejo ex ferrocarrilero que observaba el paso de los contingentes al pie de un Ángel de la Independencia cubierto y en remoción: “algo huele mal —mi amigo—, “no quieren que llegue al poder y que de una buena vez nos haga justicia”.

La jornada transcurre, con paso animado una ola amarilla se abre paso entre estampidas de ruidos extraviados en altavoces y los gritos agudos de un locutor improvisado que al viento espeta: ¡Andrés Manuel López Obrador es el Presidente de México! ¡Y no lo quieren reconocer¡ ¡Solución o Revolución!

Paseo de la Reforma es un interminable listón humano, entretejido por miles de brazos que forman las vallas por las que el Peje avanza. De sonrisa suave, AMLO asiste con calidez a quienes buscan su mirada. Levanta el brazo, saluda y no termina. Por momentos, las muestras de apoyo son tales que su gesto se conmueve y se hace serio, adusto.

Y no es para menos. A las calles ha salido de nueva cuenta la cara de un México que está al margen de un desarrollo económico que aunque para ciertos sectores sociales y económicos es pujante y prometedor, para la gran mayoría, sin embargo, es desigual y excluyente. El espectro social que ha asistido a las asambleas informativas convocadas por AMLO si bien tiene como centro aglutinador a las organizaciones de fuerte raigambre popular del Partido de la Revolución Democrática, comienza a incluir una base social más amplia y diversa. Es significativa en este sentido la participación de las mujeres, personas de la tercera edad, jóvenes, profesionistas, obreros, artistas, intelectuales, discapacitados, comerciantes, empresarios.

Frente al Hemiciclo a Juárez el gentío es ya un gigantesco remolino. El paso de los miles de asistentes parece detenerse. Pocos imaginan que con esta concentración Andrés Manuel López Obrador cerrará una etapa en el proceso de impugnación ante el posible resultado de la elección presidencial. Aquella fiesta ciudadana como constancia de una protesta civil pacífica, pocas horas después, ante un zócalo abarrotado y por la vía de una aprobación unánime, será el banderazo de salida para la instalación de un megaplantón en el corazón de la ciudad como un primer movimiento de ajedrez hacia una resistencia civil pacífica.

Ya en su discurso AMLO señaló que “vivimos momentos definitivos para México”, pues “se está jugando el destino de nuestro pueblo. No sólo está en cuestión la Presidencia de la República, sino el derecho de los ciudadanos a elegir libre y democráticamente a sus gobernantes. En estos días decidiendo si en México instauramos en definitiva una democracia verdadera o si se impone un régimen de simulación democrática, donde a final de cuentas, los privilegiados de siempre, van a seguir sobre el destino de toda la Nación”.

Ante la cerrazón de los cauces democráticos, AMLO subraya que “sólo quedan el sometimiento o la violencia. Por eso es que tenemos que defender la democracia y hacerla valer”. El reclamo ante miles de ciudadanos es la transparencia del proceso y por ello “ordenar que se cuenten los votos”.

En el filo de la navaja, Andrés Manuel López Obrador se mueve como un equilibrista que sortea el delgado cable que separa la opción de una resistencia civil pacífica o los peligros que una desobediencia civil puede desatar.

Todo indica que el mal tiempo prevalecerá, lo que significa que el país entrará de lleno a una zona de turbulencia política de largo aliento, luego del atolladero e incertidumbre que planteó el estrecho margen diferencial entre los candidatos punteros, junto con tácticas dilatorias y actos de prestidigitación en la contabilización de los votos de la elección.

Luego de una jornada ejemplar, el respeto por la voluntad ciudadana es y será valor esencial para consolidar una construcción democrática más sólida en el país, lo que deberá exigir a los distintos actores políticos involucrados entrar a un gran acuerdo nacional incluyente que garantice una transición de gobierno lo menos accidentada, ante la posibilidad de que la clase política entre en una fase de mayor encono y rivalidad ante el resultado de quien será finalmente el presidente electo de México, mucho más si alguno de los contendientes hace efectiva su inconformidad ante los resultados en la máxima instancia judicial electoral.

El dilema para México es claro, convertirse ya en un país de instituciones que garanticen la funcionalidad, el orden, y la justicia en todos los órdenes, o enfrascarnos en una disputa interminable, en el que las instituciones no terminan de cumplir a cabalidad con el mandato constitucional para el cual fueron creadas.

El quiebre de la legitimidad institucional del Instituto Federal Electoral en su papel de garante de dar curso a elecciones confiables, y por el otro, dar paso a la alternancia política y transparencia dentro de canales institucionales y democráticos apropiados, que si bien no han sido del todo equitativos, habían alcanzado cierto grado de certidumbre y perfeccionamiento, con lo que la gobernabilidad se veía fortalecida al permitir un mayor rango en la consolidación de acuerdos así como en la aplicación confiable de la legalidad en caso de conflicto. Hoy dicha institucionalidad construida está bajo sospecha y ha puesto el proceso democrático en vilo.

La elección de 2006 no sólo reconfigura y renueva buena parte del espectro político del país, pues además en ella se ratificará o redefinirá el rumbo económico del país. Al fin, el cambio, o no, de la política económica constituye el centro de la discusión entre dos concepciones que son antagónicas. Por un lado, Felipe Calderón pretende continuar la misma línea que desde hace 25 años se marca como estrategia de gobierno, y que tiene su centro en la idea de que un Estado mínimo, más eficiente y eficaz responde mejor a las nuevas dinámicas de la economía mundial y de la apertura comercial en las que el país está inserto, así como un fuerte control de los indicadores de la llamada macroeconomía.

Para el otro modelo, el Estado mexicano en su origen tiene como función ser un factor de equilibrio entre el capital y el trabajo, es decir, el Estado se construyó bajo la perspectiva de que más allá de la lucha por el poder, la acción de gobernar no puede estar desvinculada de ciertas responsabilidades que afectan directamente la acción comunitaria y el usufructo y la distribución de la energía social productiva.

Es decir, ambos modelos son visiones encontradas de las maneras en que se debe encaminar el papel del Estado y la acción comunitaria que resulta de la definición de políticas públicas.

¿Es posible establecer un punto medio entre ambos posicionamientos? Sin duda que ésta será la pregunta de fondo ante la imposibilidad de contar para el futuro presidente con una mayoría a modo, de ahí que indistintamente, tanto para Felipe Calderón como para Andrés Manuel López Obrador, tendrán un alto grado de dificultad integrar un gobierno de coalición.

Este será el verdadero dilema para México, respeto irrestricto a la voluntad ciudadana y sus instituciones y la integración de un gobierno que logre sumar voluntades más que dividir más a México. Por el momento, AMLO vive en la calle a un costado de Palacio nacional en espera del fallo del Tribunal Federal Electoral. Cierto, la ciudad está paralizada, pero las instituciones también.

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